El pabellón de Alemania, obra de Mies Van der Rohe para la exposición de Barcelona que tuvo lugar en 1929, sigue una serie de mecanismos para construir ese espacio de una manera muy clara.

Vinculadas con estos mecanismos se relacionan las siguientes tesis: Ciudad de la innovación / El mejor sitio es el más visible / Ciudad de la simultaneidad.

Una de las características principales de este proyecto es cómo Mies configura los espacios del edificio para que estos no se correspondan con sus bordes. Como en muchos de sus proyectos, Mies parte de una retícula ortogonal en la que dispone una serie de planos de manera que nunca se generan espacios cerrados completamente sino que al no llegar a tocarse unos planos con otros se van definiendo cada uno de los espacios. Espacios que no actúan de manera independiente unos de otros ya que siempre existe una gran relación entre cada una de las zonas, no llegando a saber dónde empieza una zona y acaba la anterior. De esta manera se generan situaciones en las que el límite, la separación entre interior y exterior se produce de una forma tan difusa que hasta llega a desaparecer ese límite, no sabiendo si te encuentras en el interior o en el exterior del edificio. A esto ayuda también la utilización del vidrio como plano configurador de los espacios, con lo que el vidrio permite conectar visualmente esas distintas zonas. También se utilizan distintos tipos de vidrios para conseguir en cada una de las zonas unas sensaciones distintas (vidrios opacos, transparentes, tintados…). Por esto se dice que la tesis de “la ciudad de la simultaneidad” aparece en este proyecto como una simultaneidad entre espacios.

Los espacios en el proyecto del Pabellón de Barcelona son espacios no jerarquizados, en las que no prevalece uno sobre otro y los cuales están abiertos a las vistas diagonales y al movimiento mediante la secuencia de planos y los objetos o situaciones que van generando en cada punto unas vistas compuestas y unas expectativas para seguir avanzando en el recorrido por el edificio.

Otra de las características a destacar es que se trata de uno de los primeros edificios del movimiento moderno en utilizar materiales nobles como el mármol verde alpino, el travertino, el ónix, acero y vidrio, que junto con la utilización de láminas de agua consigue generar toda una serie de brillos, transparencias y reflejos característicos de este Pabellón. Aquí se observa otra de las tesis como es la innovación, en este caso en el tema de materiales.

Finalmente, la posición que ocupa el Pabellón en el conjunto de la exposición no es casual, ya que fue el propio Mies el que eligió el lugar. De esta manera lo sitúa en una zona de paso entre la plaza central y la montaña, la cual cosa le permite interceptar dicha circulación peatonal y llevarla todo el edificio con el recorrido comentado anteriormente.

Con todo esto, lo que se plantea en el dibujo es una reinterpretación de estos mecanismos para configurar los espacios generando una serie de recorridos y de vistas compuestas entre dichos espacios, los cuales no se diferencian si son interiores o exteriores.

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